martes, 28 de junio de 2011

LA TIRA DEL TIEMPO Y LA CRISIS (FICHA 49)

Como expliqué en Ansiedad señal versus ansiedad traumática, al nacer todos somos sometidos a dos leyes inexorables: la ley de la gravedad y la ley de la angustia básica o existencial. Hablé de como se generaba un “campo tenso” entre nuestros temores (miedo a lo desconocido, miedo a perder lo conocido y miedo a la confusión), y la necesidad de tener que enfrentarlos para poder sobrevivir. Por lo tanto, nuestra peripecia vital transcurre en una estrecha “zona de equilibrio”, entre la estabilidad y el cambio.

Es importante recordar que la única constante en la vida es el cambio y que estamos sometidos a él desde el momento de nuestro nacimiento, puesto que no somos seres estáticos, sino dinámicos. La gran paradoja de la vida, es estar cambiando continuamente, sin dejar de ser los mismos.

Solo existen presentes discontinuos o conciencia puntual de estar vivo. Fue el hombre, quien logró dar un verdadero salto cualitativo en su evolución respecto a los animales, cuando concibió a través de la imaginación, la anticipación de los presentes que vendrán, y de este modo invento el tiempo, como una sucesión de presentes percibidos como una seriación continua. Gracias a esa construcción, comenzó a planificarse a sí mismo y a percibirse en movimiento hacia delante, generando una estructura de sostén o tira del tiempo, que le confiere continuidad a su YO.

Lo imaginario se constituye porque lo percibido cambia, la realidad se transforma y lo que estaba allí desaparece. Para que mi vinculación con lo que sucedió se mantenga, debo imaginarlo, sustituirlo con una imagen interna. Como eso sucede continuamente, voy acumulando un stock de imágenes internas que llamamos memoria.

Por lo tanto, la percepción del tiempo es una construcción cultural en el proceso de la vida; donde las fotos (presentes discontinuos) se transforman en película, en la que aparece la ilusión del movimiento (como si se tratase de un viejo quinotoscopio). Seguramente, esta es una de las claves que nos explica porque a los humanos nos fascina contar y que nos cuenten historias. El cine tiene un poder inmenso, para hacernos reflexionar y entender muchas peripecias personales, al verlas reflejadas en la pantalla. 

Por eso como terapeuta, dentro de mi caja de herramientas esta incluida la “Cineterapia”. Utilizo determinadas películas, como metáforas que permiten trabajar la dimensión simbólica de los pacientes, y así conectarles con sus emociones.

La trama del tiempo que es nuestra estructura de sostén, se va tejiendo con el material de los vínculos y las estructuras. Los vínculos están representados por la relación del yo con el tú, y se gestan a través del vínculo con la madre, mientras que las estructuras son las relaciones que establecemos entre el Yo y el mundo, siendo el padre el primer representante de ese mundo externo (ley, orden, autoridad, rivalidad, etc.).

Todos estamos instalados, en nuestra particular tira del tiempo que nos confiere la ilusión de continuidad. Es la autopista por donde transcurre nuestro proceso de vivir. Recuerdo a un paciente militar, que un día me dijo: “lo mejor de mi profesión es que no hay que pensar. Sé que después de capitán, seré comandante y más tarde coronel … todo está en el reglamento”.

¿Pero que ocurre, si en nuestro tranquilo transitar acomodados en nuestra tira del tiempo, de pronto aparece una crisis?  

Ante el impacto de una crisis, desaparece esa construcción mental, ese artificio imaginario llamado tiempo. Se vuelve a la discontinuidad original que había sido superada por el adiestramiento en percibir secuencias, al que los padres, como representantes de la cultura, nos habían sometido desde niños. Siempre se tiene la sensación de que el tiempo se paraliza, siendo este el síntoma central de toda crisis.

Lo que enferma en la crisis es el proceso de vivir. Se nos fractura nuestra historia y el Yo no puede percibirse como un continuum. El presente se congela, el futuro se vacía y el pasado no existe. Algo externo a nosotros irrumpe con fuerza, nos golpea y en ocasiones puede llegar a provocarnos una verdadera ruptura biográfica (psicosis). Hay un antes y un después.

Lo que nos hace entrar en crisis es lo inesperado de la nueva situación, porque solo es real lo que se espera, que es aquello que fue concebible antes como posibilidad en la fantasía del futuro. Por eso nos quejamos, de que lo que nos está ocurriendo, no estaba previsto (pre-visto).

Solo cuando las circunstancias nos colocan dentro de un personaje que nunca habíamos anticipado: el de enfermo, viudo, adulto, culpable, cornudo, etc, puede sobrevivir la confusión, el desconcierto y la crisis. Nos sumergimos en un estado de desesperación, que es el de la persona que no espera nada, porque se ha caído de la línea del tiempo que le sujetaba su existencia.

Si la intensidad de la perturbación aumenta, comenzamos a percibirnos como “otro”, es decir nos despersonalizamos. La expresión orgánica de este proceso de desorganización psíquica, es la angustia vivida corporalmente (opresión en el pecho, taquicardia, sudoración, ahogos, nudo en el estomago, agotamiento).

Cuando cae una bomba en forma de crisis en el centro de nuestra historia, se nos rompe el proceso de existir. En el caso más extremo, hablaremos de la locura como la imposibilidad, generalmente momentánea, de armar sistemas de continuidad del Yo. El psiquismo elige la “muerte psíquica”, se retira de la realidad (delirio), para “ganar tiempo”, como un intento de reconstrucción de la identidad destruida.

Como terapeutas, hay que evaluar daños e iniciar la reparación de la historia de nuestro paciente. Sabemos que el impacto viene de fuera y hay que ayudarle a que acepte y reformule el sufrimiento que conlleva toda crisis. Haciendo bueno el dicho, de que lo que no me mata me fortalece, hay que lograr que sea el propio paciente el que sea capaz de transformar su óptica, encontrándole un sentido a lo que le ha pasado. Se trata de mutar el sufrimiento en creatividad, porque toda crisis implica duelo y cambio.

Hay que diferenciar la aceptación de la resignación. Se acepta el diagnóstico que sea, pero jamás debemos aceptar un pronóstico, porque la vida no nos suele dar lo que queremos, pero siempre nos da lo que necesitamos para aprender.

Quiero terminar con unas palabras de Albert Einstein sobre las crisis: 

"No pretendamos que las cosas cambien, si siempre hacemos lo mismo. La crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países, porque la crisis trae progresos. La creatividad nace de la angustia, como el día nace de la noche oscura. Es en la crisis que nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Quien supera la crisis, se supera a sí mismo sin quedar superado.

Quien atribuye a la crisis sus fracasos y penurias, violenta su propio talento y respeta más a los problemas que a las soluciones. La verdadera crisis, es la crisis de la incompetencia. El inconveniente de las personas y los países es la pereza para encontrar las salidas y soluciones. Sin crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una rutina, una lenta agonía. Sin crisis no hay méritos. Es en la crisis donde aflora lo mejor de cada uno, porque sin crisis todo viento es caricia. Hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es exaltar el conformismo. En vez de esto, trabajemos duro. Acabemos de una vez con la única crisis amenazadora, que es la tragedia de no querer luchar por superarla". Continuará …

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